De la retórica del milenio y sus avatares

CMXCIX.

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domingo, 5 de septiembre de 2010

México Violento; un caso de guerra sagrada en imágenes.





Hace unos días se suscitó un fuerte debate en México y E.U.A. sobre un cartón elaborado por Darly Cagle. La caricatura muestra a la bandera nacional mancillada por una ráfaga de balas, dando muerte al águila que cae en un charco de sangre. Lo violento del dibujo de inmediato fue tomado como una ofensa por parte de las autoridades mexicanas que, a través de su embajada en la Unión Americana, expresaron su molestia al portal informativo que publicó la imagen y su autor. La polémica comenzó en la red, en el propio blog del caricaturista, cuando algunos mexicanos no sólo no se mostraron molestos por la representación sino que la justificaron como un retrato fiel de nuestro actual estado de violencia. En respuesta, muchos connacionales increparon la actitud bajo cierto ánimo nacionalista aludiendo, además, a la poca autoridad del gringo para “criticar” nuestra realidad y meterse con nuestro lábaro patrio. En efecto, existe un evidente atentado contra algo que nos es muy propio pero me parece que no se sabe muy bien qué.

Debajo de los modelos representacionales que construyen íconos operan siempre resistencias ideologías que lo soportan. Un gran teórico de las imágenes simbólicas es el historiador del arte E.H. Gombrich. Él trabaja con detenimiento sobre la problemática entre las convenciones ópticas de la tradición y la construcción de imágenes ante su resonancia representacional en copias, alegorías, símbolos y alusiones. Es decir, que existen convenciones iconográficas que aparecen ante los espectadores como tópicos que deben ser reproducidos para reinterpretarlos bajo nuevos esquemas o nuevas posturas estético-epistemológicas del lenguaje. En este caso, lo que tenemos en frente es la puesta en marcha de la interpretación de un tópico bajo un esquema escópico diferente. Se trata de un símbolo patrio que ha sido adoptado como ritual en nuestra comunidad y que ha sido interpretado en una caricatura. Quienes se ofenden por este retrato no asimilan las diferencias del lenguaje que necesariamente sirven para clasificar los efectos de la representación. Lo que hay acá es una caricatura mimetizando a la bandera para actualizar, como lo hace la nota periodística con el hecho histórico, el lenguaje que lo circunda, su contexto y su recepción. Aquí no se ha atentado contra el símbolo en sí mismo sino que se ha desplazado la mirada que posibilita su función ritual hacia otro lado. Ese otro lado es polémico pero verosímil: el estado de guerra en México.

Cabe poner de relieve que no es, ni remotamente, la primera vez que se lleva a cabo la activación de la crítica mediante un símbolo patrio. De hecho, la historia del arte en nuestro país podría contarse mediante este tipo de estrategias narrativas: del ritual al sarcasmo, de la emotividad profunda a la ironía nihilista, de la iconografía formal analítica a la crítica ideológica de la imagen.

Quizá la más controvertida de las instancias sea la de Diego Rivera. Son conocidos los pasajes polémicos de su carrera como crítico político mediante su arte. Un caso poco abordado desde la óptica de la burla al estado sea el que se ha considerado, por detractores y simpatizantes, como su muro más patriotero: Epopeya del pueblo mexicano. Realizado desde 1929, en el maximato, y concluido hasta 1935, con su cuate Cárdenas en el poder, en el cubo de las escaleras del mismo Palacio Nacional.


Epopeya del pueblo mexicano se abre a los visitantes del Palacio Nacional como un gigantesco tríptico. Esto se debe a la forma del cubo y las directrices que apuntan su apreciación. Tanto México Prehispánico como México de hoy y mañana se enfrentan, cara a cara, en cada extremo de la escalera. Al centro, como una colisión de sentidos contrapuestos, Rivera retrata la historia de México desde la Conquista hasta 1930. Aquí vale la pena apuntar la trascendencia de la iconografía recogida a través de las décadas como ilustración en textos de historia para educación básica, impartida por el Estado.

Sin embargo, la mirada de los vuelcos del tiempo sobre este panel lo que menos deja al espectador es un mensaje didáctico que sea capaz de ilustrar los procesos de la historia. Al contrario, el recurso de aglomerar personajes y superponer cuerpos uno encima de otro, saturando los espacios de acción, transmite el caos, la violencia.

Ante el abigarramiento que asfixia el espacio mural, una idea de temporalidad revienta, se truena, y es precisamente la que puede dar cuentas del progreso históricoIr por figura para reconocer a “los héroes patrios” es un ejercicio que ocasiona mareo. Esto se debe a que el esfuerzo por hallar el origen de la narración es infructuoso. Se puede ejercitar un anclaje al centro, en el supuesto escudo nacional, pero ahí de inmediato se colisionan las expectativas de sentido.


Esto se debe, claro, al modelo visual hiperbólico pero además al abierto atentado contra la forma del símbolo patrio. No se trata sino de una versión que cambia la serpiente por un ícono ritual distinto: Atl- Tlachinolli. Este dibujo simboliza, según especialistas, la guerra sagrada. Rivera lo sabía pues su amigo el propio Alfonso Caso debatía el significado de este ícono en códices en la misma época en que se pinta el mural en Palacio Nacional. La incursión de este elemento trae consigo el desmantelamiento de la lectura patriotera de la obra pues, en efecto, el águila dorada no devora nada solo toma con su pico en un gesto no de ferocidad sino de meticulosidad la señal de la guerra antigua. Desde ahí observar el muro distorsiona su apreciación. Los eventos históricos retratados son enmarcados por violencia, las masas anónimas son aniquiladas en guerras sangrientas y los rostros de los héroes son reducidos a dimensiones proporcionales a las de cualquier obrero, campesino o esclavo. Aquí no hay oda a la nación. Hay un retrato de la violencia que nos da una identidad fracturada y caótica. El supuesto símbolo patrio se burla y presagia el terror de un futuro, en el panel de la derecha que habla sobre el México del mañana, torturado por las crisis políticas y sindicales.

Pero quizá lo más irónico es que la lectura nacionalista del fresco ha imperado siempre al grado de volverse ícono de la historia oficial y, últimamente, marco escópico del Bicentenario. En días recientes el presidente Calderon pronunció en una cápsula informativa sus avances en salud pública (http://www.presidencia.gob.mx/?DNA=85&Contenido=59597). Según lo dicho en 3 minutos, eligió hacerlo desde la vista al mural de Rivera por la conmemoración del Bicentenario.

Resulta un buen retrato de su régimen que el fondo de su discurso sobre el bienestar del pueblo mexicano se haya hecho desde un mural que narra la violencia de la guerra y el desmantelamiento de la historia de los grandes héroes. Este sí que es un atentado disfrazado extraordinariamente por la retórica de un gran crítico político posrevolucionario. Aquí al igual que en la caricatura del gringo, hay sarcasmo y crítica. Lo que las diferencia es que, mientras una es grotesca y un poco oportunista, la del buen Diego es sutil y subversiva aunque ambas exactamente verosímiles. ¿O no?

vargasparra@gmail.com

sábado, 2 de enero de 2010

Entre Héroes y Conejos. Apuntes sobre la escopofilia sadiana en la niñez.




Sin duda una de las más grandes preocupaciones de nuestros días es el imaginario violento en el cual los niños del siglo XXI se desarrollan. Es cosa de mirar más de 4 minutos el televisor, el video del celular o las páginas web en que nuestros hijos divagan. El ejercicio es nutritivo a más no poder. Se vuelve un lugar común de denuncia la trillada situación del exceso de violencia en los programas y videos infantiles, pero ¿enserio existe en ellos mayor violencia que en aquellos de los años mozos de nuestros padres y quizá abuelos? Hace poco miraba las caricaturas de Cartoon Network con mi hijo y su abuela, sucedida una escena donde el villano de las Chicas Súper Poderosas, Mojojo, era masacrado en espectacular gancho al hígado por la implacable Bellota, mi madre aposto una radical sentencia “los programas que yo veía de niña sí estaban bonitos”. Llevado por la intriga propia de un laboratorio pavloviano, cambie de canal al Cinco XHGC, donde, como es costumbre desde hace años, repiten los episodios de los antiquísimos Tom y Jerry. La cosa cambió en el seño fruncido de mi madre y realizo una observación sobre el acabado de las formas y la pretensión de ternura del ratón y gato. Aunque mi hijo reprochó el cambio se detuvo a admirar la acción, no tardó ni cinco minutos en disfrutar del sentido del humor derivado del sadismo escopofílico de mirar como un ratón hiere sin sentido al pobre gato. Este trance me sirvió para reparar en el choque generacional sobre la representación de la violencia en los programas infantiles.

Por lo menos, la generación de jóvenes (y no tanto) que crecimos viendo al Correcaminos tenemos los elementos psicoanalíticos para diagnosticar los usos de la violencia sobre las cuales formamos nuestro sentido del humor. ¿Acaso el buen conejo Bugs no fue revelando una estructura cómica de la agresión tal como los Tres Chiflados y hasta Chaplin la descubrieron? Ante los ojos vemos en la historia de los dibujos animados cómo la adopción de fórmulas del garrote y la huida se fueron sedimentando quizá con mayor poder en las mentes infantiles que las épicas de Superman o Spiderman tan tardías en este mercado televisivo. Mientras el género de los Súper Héroes se estancó en la industria de la historieta, las aventuras de los animales que se golpeaban unos a otros por el simple hecho de desatar la carcajada sádica conquistaron el imaginario infantil. En una palabra, el campo de incidencia del grupo de bienhechores se petrificó en la solemnidad de los soldados de guerra que planean defender al mundo de locos fascistas o científicos degenerados, en esto no existe nada de chiste, por otro lado, en un abierto panorama de recreo las fantasías animadas de ayer y hoy se postraron en cada uno de los momentos chuscos del ocio familiar. Acá existen varias situaciones a discutir, sin embargo lo que me interesa destacar es la conducta fomentada a partir de la composición cómica de las series, por el simple motivo de saber dónde se localiza el principal factor de estimulo a la violencia y cuál es su rasgo más común.


Si seguimos a Ortega y Gasset en su filosofía de la historia podemos distinguir el proceso de sedimentación del imaginario violento mediante generaciones. Quienes crecieron alrededor de las series cómicas de los Looney Tones podrán hacer el ejercicio de mirar lo que ven las nuevas generaciones y tratar de comprender el uso que la violencia tiene en estas historias. En contraste con lo representado antaño hoy la agresión, en la mayoría de los casos, contiene una finalidad precisa cada vez menos banal: salvar al mundo. Mientras Bugs y compañía se maltratan con el vacio fin de lastimarse de la forma más risible, la épica de las series actuales crece sobre la encomienda de salvar a todos de un gran mal y divertirse mientras lo hacen. No es este el lugar para localizar el incentivo pulsional del regreso de los héroes al género infantil pero si cabe apuntar que la retórica de propaganda de la invasión a Medio Oriente jugó en esto un factor sustancial. Reprobable siempre, el abuso de la agresión en las zagas de súper héroes es la materia prima de la denuncia adulta sobre los que ven los niños. Pero quiénes somos los padres para juzgar la masacre al malandrín si hemos sido formados en la escopofilia sadiana del maltrato al otro. Por supuesto que debemos de ser selectivos con lo que consumen nuestros niños pero quizá debamos también reparar en las consecuencias del beneplácito del recreo violento de tortura entre un ratón y un gato, un conejo y su cazador o un correcaminos y un coyote. Todos tenemos cola que nos pisen.


La efectividad de uno y otro sistema de la representación del maltrato tienen un interesante registro de incidencia. Haciendo cálculos y cayendo en el absolutismo de la responsabilidad televisiva, la risa por el golpe puede observarse coronada en el tumulto de videos de You Tube donde inocentes son víctimas de sujetos que masacran a golpes solo para subir el video a la red. Estos jóvenes, disparatados, son seres extraviados en el humor negro de recreación de las secuencias cómicas de los Looney Tones. No se puede evitar señalar la tensión ocasionada entre sus mentes extraviadas y las figuraciones sádicas de la comicidad de la agresión inventadas por los gringos como estrategia de recreo. No es esto una disculpa, todo lo contrario el ejercicio de localización de un mecanismo reflejo de condicionamiento de una generación al porrazo y la carcajada es justo para la evaluación de los criterios estéticos con los que juzgamos lo atractivo o repulsivo de un evento, serie o acto transmitido en televisión, cine o internet. Golpear a un Emo tiene, obvio, una carga discriminativa indiscutible, pero además contiene un impulso derivado del sadismo cómico con que estas generaciones fueron condicionadas por los discursos visuales durante su niñez. Más allá de lo bueno y lo malo, desgraciadamente, la sencillez de las tramas cómicas de la risa por la agresión fue estableciendo asociaciones extrañas entre golpear, mirar y reír. Por ello la necesidad de estos agresores de grabar sus ataques y subirlos a la red.

En fin, para nuestros males y siguiendo al pionero psicoanalista en México, Santiago Ramírez, los eventos de la niñez nunca abandonan el estado psíquico en el adulto “infancia es destino”. El factor de condicionamiento a la risa por estrategias de agresión es algo que acompañará a toda la generación que crecimos en la escopofilia de la violencia Looneytoniana. La pregunta es ahora ¿de qué manera conformará la violencia épica de salvar al mundo mediante la agresión la mente de las nuevas generaciones? Mientras lo descubrimos no estaría mal acompañar a nuestros niños a mirar la televisión y detenernos a pensar porque tal o cual cosa les causa tanta risa.