De la retórica del milenio y sus avatares

CMXCIX.

sábado, 19 de febrero de 2011

El Palacio Negro de Lecumberri: un memorial panóptico. De la leyenda y su caída entre los muros

Hace poco más de 50 años el coleccionista Manuel Suárez encomienda a David Alfaro Siqueiros realizar un conjunto de enormes murales que integrarían una capilla en el hoy extinto Hotel Casino de la Selva, propiedad del empresario. Entusiasmado, Siqueiros comienza los trabajos de lo que significaría el proyecto más ambicioso de su carrera. Las cosas cambian cuando el muralista es llevado por cuarta vez a prisión. Para el pintor significaba, como había sido las veces anteriores en 1918, 1930 y 1940, una estancia breve con la cual podía obtener propaganda y discurrir sobre la libertad de expresión. Esta vez era algo distinto, Siqueiros debía enfrentar casi en solitario la autoridad del presidente López Mateos, quien lo acusaba de disolución social, a diferencia de las otras épocas, en donde el gremio de los muralistas apoyó vigorosamente a su compañero. Siqueiros pasó cuatro años encarcelado de los ocho que debía purgar. Se dice que Suárez intervino para aminorar la sentencia y que, así, Siqueiros pudiera llevar acabo la gran empresa en el Casino dela Selva. Lo cierto es que el tiempo de encierro, aunque duro para un hombre de casi setenta años acostumbrado a los pasajes en solitario y viajes en lo cotidiano, tuvo como resultado un último giro en sus concepciones sobre el espacio y la plástica.

Siqueiros nunca dejó de trabajar. Estudió con mayor concentración las implicaciones geométricas de la perspectiva curvilínea y radicalizó su postura respecto del arte integral. Como testimonio de su productividad se encuentran los bocetos que realizara entre rejas para el mismo mural del casino, así como un par de murales que servían de escenario para las obras del taller de teatro de la penitenciaría. Siqueiros concibió en los días de encierro una fórmula dinámica para su enorme mural. Muchos años antes había realizado en Argentina, auspiciado por Natalio Botana, una obra en donde la pintura rodeaba al espectador, de techo a piso, en donde mujeres desnudas saturaban el espacio. Eso era una forma de visión total, una especie de burbuja que envuelve a quien entra en la cámara mural. Sólo el genio de Siqueiros pudo abstraer de su estancia en “El Palacio Negro” la estructura escópica que subyace en la arquitectura penitenciaria: el Panóptico. Estudiando los principios de la mirada total que representaba la prisión, Siqueiros propuso una nueva modalidad de observación plástica. Así, al salir, Siqueiros logró adaptar su inmenso mural, La marcha de la humanidad, no a la capilla en el Casino de la Selva sino a la colosal edificación del Polyforum México 2000, como Manuel Suárez y el muralista lo bautizaron. Lecumberri dio origen al sistema visual que impera en el Polyforum: un mural que gira en derredor de la posición del espectador que permanece en el centro de las escultopinturas del inmueble. Aquella tortuosa prisión dio origen a la última gran obra de Siqueiros, y tal vez la final de la Escuela Mexicana de Pintura.

¿Cómo puede un inmueble dedicado al castigo y reclusión penosa dar a luz una pieza que exalta y muestra el vigor de la creación humana? El diseño de la Penitenciaria del Distrito Federal fue realizado por el ingeniero Antonio Torres Torrija en 1886 apoyado por la teoría del Panóptico del filósofo inglés Jeremy Bentham. Para mediados del siglo XIX los sistemas penitenciarios norteamericanos ya hacían uso de este modelo de control y administración de las prisiones. El gobierno de Porfirio Díaz propuso adoptar este régimen para sanear los vicios que arrastraba las prácticas carcelarias en México. Con esto en 1900 se inaugura una historia nueva del castigo y privación de la libertad. Según Bentham, la arquitectura panóptica lograría hacer de las condiciones deplorables de un encierro en mazmorras o celdas aisladas una forma humanitaria de purgar las condenas. La idea es hacer de un prisionero un ser activo que haga de la privación de la libertad un proceso de aprendizaje, disciplinario y vigilado meticulosamente por las autoridades. Así, con una ecuación que resuelve la paradoja entre el claustro y la visión total se propone un sistema de edificios de celdas alargados conectados por pasillos amplios cuyo eje central opera como un punto de fuga de la mirada. Es decir, una torre justo en el centro de una especie de estrella que se compone de brazos paralelos uno del otro. Así, desde una solo posición se es capaz de extender la vista por la totalidad del inmueble, nada escapa a los ojos de quien se ubica al centro. Eso crea una forma eficaz de abrir el encierro a la vigilancia continua, liberando al cuerpo de la inmovilidad, provocando una libertad contenida y encauzada por completo. Con esto, las conductas de los reos son registradas y no forzadas, dirigidas al acto que sana los malos hábitos. El panóptico regula los vicios causados justo por los espacios reducidos bajo una comprensión de los orígenes de la readaptación de un elemento disfuncional al mundo de los social.

En México, como en otras prisiones panópticas del mundo, esto no operó así. Bentham confió de más en el sistema administrador del control absoluto que representaba su panóptico. La corrupción e incompetencia de las autoridades terminó por hacer del control una opresión y de vigilancia un acoso. No se dotó al sistema penitenciario de un régimen de actividades profilácticas del recluso. Hubo toda una cadena de errores que construyeron año con año el terror detrás de los muros de Lecumberri. El panóptico como prisión falló y “El Palacio Negro” cayó en 1976 luego de décadas de operar como casa de tortura.

Al ser clausurado, de inmediato se escucharon voces que clamaban fuera demolido el inmueble. Sin embargo hubo quienes aludieron a la historicidad del sitio. Se generó un propuesta de transfiguración del espacio carcelario en archivo general que concentrara todos los acervos oficiales en un lugar. El presidente López Portillo, asesorado por Jesús Reyes Heroles, contrata al arquitecto Jorge Medellín para la reintegración del edificio. Luego de derrumbar la legendaria torre de vigilancia, Medellín opta por cubrir con un inmenso domo el centro del panóptico y techar los pasillos. La cárcel se tornó archivo y las celdas cámaras de resguardo de la memoria nacional. Con la decisión se unificó un pathos que oscilaba entre el recuerdo sombrío del pasado y el registro crítico de la historia: una unidad que aún hoy se respira al cruzar entre galera y galera del inmenso y acústico palacio.

Ahora, desde hace tres meses, el gremio de los arquitectos habla cada vez con más potencia sobre el proyecto del Centro Cultural del Palacio Lecumberri. Una propuesta que, bajo los lineamientos de un concurso, pretendió generar alternativas al espacio deteriorado del Archivo General. El comité dictaminador, compuesto de grandes figuras de la arquitectura mexicana, decidió que el ganador debía ser un proyecto que busca abrir el panóptico y transformar al inmueble en un jardín con cafetería y plazas públicas. El inmensa cúpula sería suplantada por un extraño techo futurista que deja pasar la luz y abre el edifico para volverlo plaza. Cada parte sería expuesta al exterior, contradiciendo los principios del panóptico, y asimilando el sitio a cualquier arquitectura comercial que interconecta pasillos para dar la sensación de apropiación de las masas de los espacios. Se habla de eventos culturales, salas de exposición, museos y paseos en bicicleta. Se discurre sobre la integración del conjunto a la comunidad de la zona y se alude con fuerza ala idea de rehabilitación y rescate. Se aseguro, como siempre en estos casos, que el archivo se mudará a un mejor sitio, a un costado de la plaza o quizá un poco más lejos: a Santa Fe. La duda que crece entre los historiadores, filósofos y teóricos de la arquitectura que hacen, hoy en día uso de las instalaciones del acervo, ¿es cómo es que Lecumberri convivirá con la comunidad de mejor manera que concentrando la memoria del país? ¿Acaso siendo archivo no opera como centro cultural? ¿No es más un proyecto de deconstrucción de la noción de cultura del tipo, fracasado, de la Biblioteca Vasconcelos? ¿Porqué no invertir más en restaurar al edificio y acondicionar semejante espacio a las demandas actuales de consulta y reproducción de un acervo nacional? El archivo tiene una gran demanda y funciona desde siempre como sede de la cultura y tradición: es un abrevadero de memoria visual, gráfica y documental de casi 500 años de registro.

Debe ser éste el único panóptico vivo de México. Qué mejor que historiadores e interesados en registro de la memoria para hacerle los honores día a día al extravagante lugar. Qué mejor que hayan pasado más de cien años de su inauguración y que las labores de mantenimiento y rehabilitación realizadas en el marco del bicentenario hagan de Lecumberri un monumento funcional, un tributo a las lecciones de la historia cruel y violenta pero nuestra: sólo con el Palacio en pie esa historia se recordará a diario.

En verdad visitemos el AGN, es una gran experiencia.

domingo, 9 de enero de 2011

200 minutos de luto nacional. Una crítica de Diego Rivera.

El pasado jueves por la noche se recordó a Diego Rivera, en los albores del fin del año Bicentenario, con la presentación del cortometraje de CONACULTA 200 minutos. Una visión de la historia de México. Ahí, los muros del artista en Palacio Nacional, Epopeya del pueblo mexicano, cobraron vida como si el pintor se tornara un cronista, un apologeta y un testigo plástico del proceso histórico de nuestro país.

Hace poco tiempo, la familia de Diego Rivera, hizo público un video que muestra al muralista haciendo dibujos frente a escenas de la vida cotidiana: Un retrato de Diego. Las secuencias muestran al enorme y robusto pintor, cerca de los setenta años, con lentes y sombrero de paja. Rivera mira a un grupo de mujeres cargar flores y plasma lo que ve con ligeros trazos a lápiz en una pequeña libreta de notas. Así, el pintor acumula un muestrario de poses y presencias protagonistas de un discurso icónico potente; un mural, un relato que dice monumentalmente parte de la historia.

Pasarían casi cincuenta años hasta que algunas de esas notas fueran recuperadas de cajas y baúles. Ahí se encontraron desperdigadas, entre otras cosas, hojas sueltas que no sólo tenían imágenes sino breves textos. Resultó, durante el proceso de ordenamiento de su archivo personal, que aquellas libretas también contenían textos. Se trataba de borradores de pensamientos que el artista escribía detrás o al margen de sus bocetos. Rivera teorizaba entonces tanto como retrataba las escenas. Con esto, la pintura se vuelve un argumento más del eje reflexivo no su fin último, el pincel es una premisa solamente para el discurso meditabundo del historiador plástico.

En uno de estos papeles sueltos, Rivera comienza lo que serán las anotaciones directrices de un texto poco conocido. Se trata de un manuscrito que titula “20 de Noviembre” fechado en 1954 y publicado en la excelente recopilación de textos hecha por Esther Acevedo y su equipo en Obras del Colegio Nacional. En él, el muralista mexicano escribe sobre su idea de Revolución. Lo cual destruye mucho de lo que se dice sobre el nacionalismo riveriano y nos obliga a detenernos y mirar con otros ojos aquellos muros que paulatinamente el Estado ha venido utilizando como mera divulgación panfletaria del régimen posrevolucionario.

El texto de Rivera, abre posicionando la conmemoración del 20 de Noviembre, día en que se recuerda el inicio de la Revolución Mexicana, de la siguiente manera: “‘Nada hay más perjudicial para el proletariado que la mentira o la verdad velada’ dijo el maestro Lenin. Y si es así, debemos decir nosotros con toda claridad que la bandera del verde, blanco y colorado, y el águila que antes alzaba su cabeza y que don Venustiano [Carranza] hizo agachar, debe izarse hoy a media asta. Según entiendo el pabellón nacional se iza a media asta en señal de duelo. Es preciso pues razonar por qué el día 20 de noviembre es señal de duelo nacional.”

Enseguida, Rivera recuenta la historia a partir de las lucha de clases. Explica cómo la gesta que encabezaron Hidalgo y Morelos se fue degenerando con Iturbide hasta caer en Santa Anna quien “casi desaparece a México como entidad nacional”. En palabras de Rivera “la velocidad acelerada de la caída produjo su contrapartida dialéctica, que fue despertar a las masas liberales y progresistas y su rápida ascensión con la pléyade brillante de Juárez y sus compañeros de la talla de Ignacio Altamirano y Ramírez, esta culminación parecía no sólo poner en primer plano el desarrollo social de México sino llevarlo a la vanguardia.” Expectativas frustradas para el pintor quien explica que luego de la necesaria llegada de la Revolución Socialista apareció un grupo “regresista de burgueses” que colocaron en el trono a don Porfirio Díaz. Para Rivera, “el periodo porfiriano, objetivamente redujo a las masas mexicanas a una servidumbre peor que la que había sufrido bajo Felipe II. El pueblo agonizaba de opresión y de dolor bajo este régimen. Por otra parte, la relativa ascensión industrial creo masas proletarias mismo textiles, [que] ferrocarrileros, agrícola industrial, con los trabajadores de la caña de azúcar, la fibra de henequén, los textiles de algodón y lino etc.” Sigue Rivera, “los siervos, llamados peones acasillados o artesanos obradores, en las ciudades entraron en contacto consigo mismos por el desarrollo mental que el útil trabajo transformador del mundo, la máquina de las fábricas comunicó a sus hermanos que habían dejado de ser peones y artesanos para convertirse en proletarios. Así se produjeron las huelgas de Cananea y Río Blanco; así se estableció el gran Partido Liberal de Flores Magón. (sic.)” De tal manera, a ojos del pintor, la lucha se levantó desde la conciencia de clase, la crítica y la sátira del régimen. Cuestionamientos que fueron sofocados por el poder. Tal es el caso de Lázaro Gutiérrez de Lara quien según Rivera es “el único autor de la teoría revolucionaria correcta para la Revolución Mexicana y de una historia de México realmente histórica. Por eso la contrarrevolución lo ahorcó a cabeza de silla, cabalgando sobre el fuste que enredó el lazo, Plutarco Elías Calles, representante típico del inmigrante levantino y tantos ladrones y asesinos que ha proporcionado a la Revolución Mexicana.”

Con esto, la persecución terminó por imponerse a la sublevación y la Revolución inacabada vendría a volverse duelo. Así: “Va por los dos millones de campesinos y obreros muertos por la gloriosa cuanto fracasada revolución [que] urge el pabellón a media asta en señal de luto. Esta es la verdad sin velos, que contra la mentira de discursos y monumentos deben asentar el día de hoy los mexicanos progresistas, revolucionarios y honrados.” Verdad sin velos para el muralista que hace de la conmemoración una crítica del mentado progreso y una reflexión por la actualidad y vigencia de los significados de la revolución. Lo que lo encamina a decir sobre lo inacabado del proceso como “una lucha que aunque sea desde la sombra o desde la clandestinidad, pero manifestando sus fuerzas por medio del foco luminoso, guía su marcha que ha intervenido desde 1910 hasta el día de hoy”. Así, el muralista, el mismo “nacionalista” que se ha usado en los 200 minutos de CONACULTA como un ilustrador de las conmemoraciones revolucionarias, nos advierte que el 20 de noviembre se vive como un quiebre temporal, un acontecimiento dramático, doloroso e inacabado, y por tanto, hoy en día fracasado. Su perspectiva, escrita hace más medio siglo, nos coloca, en el final de este 2010, en una posición donde podemos asomarnos a las ruinas de lo que somos como ente colectivo, y redimensionarnos justamente como un pathos revolucionario que más que festejar sobre los Bicentenarios y Centenarios nos obliga a reflexionar sobre las deudas sociales y las miles de vidas perdidas en busca de un mejor estado de cosas.