De la retórica del milenio y sus avatares

CMXCIX.

domingo, 9 de enero de 2011

200 minutos de luto nacional. Una crítica de Diego Rivera.

El pasado jueves por la noche se recordó a Diego Rivera, en los albores del fin del año Bicentenario, con la presentación del cortometraje de CONACULTA 200 minutos. Una visión de la historia de México. Ahí, los muros del artista en Palacio Nacional, Epopeya del pueblo mexicano, cobraron vida como si el pintor se tornara un cronista, un apologeta y un testigo plástico del proceso histórico de nuestro país.

Hace poco tiempo, la familia de Diego Rivera, hizo público un video que muestra al muralista haciendo dibujos frente a escenas de la vida cotidiana: Un retrato de Diego. Las secuencias muestran al enorme y robusto pintor, cerca de los setenta años, con lentes y sombrero de paja. Rivera mira a un grupo de mujeres cargar flores y plasma lo que ve con ligeros trazos a lápiz en una pequeña libreta de notas. Así, el pintor acumula un muestrario de poses y presencias protagonistas de un discurso icónico potente; un mural, un relato que dice monumentalmente parte de la historia.

Pasarían casi cincuenta años hasta que algunas de esas notas fueran recuperadas de cajas y baúles. Ahí se encontraron desperdigadas, entre otras cosas, hojas sueltas que no sólo tenían imágenes sino breves textos. Resultó, durante el proceso de ordenamiento de su archivo personal, que aquellas libretas también contenían textos. Se trataba de borradores de pensamientos que el artista escribía detrás o al margen de sus bocetos. Rivera teorizaba entonces tanto como retrataba las escenas. Con esto, la pintura se vuelve un argumento más del eje reflexivo no su fin último, el pincel es una premisa solamente para el discurso meditabundo del historiador plástico.

En uno de estos papeles sueltos, Rivera comienza lo que serán las anotaciones directrices de un texto poco conocido. Se trata de un manuscrito que titula “20 de Noviembre” fechado en 1954 y publicado en la excelente recopilación de textos hecha por Esther Acevedo y su equipo en Obras del Colegio Nacional. En él, el muralista mexicano escribe sobre su idea de Revolución. Lo cual destruye mucho de lo que se dice sobre el nacionalismo riveriano y nos obliga a detenernos y mirar con otros ojos aquellos muros que paulatinamente el Estado ha venido utilizando como mera divulgación panfletaria del régimen posrevolucionario.

El texto de Rivera, abre posicionando la conmemoración del 20 de Noviembre, día en que se recuerda el inicio de la Revolución Mexicana, de la siguiente manera: “‘Nada hay más perjudicial para el proletariado que la mentira o la verdad velada’ dijo el maestro Lenin. Y si es así, debemos decir nosotros con toda claridad que la bandera del verde, blanco y colorado, y el águila que antes alzaba su cabeza y que don Venustiano [Carranza] hizo agachar, debe izarse hoy a media asta. Según entiendo el pabellón nacional se iza a media asta en señal de duelo. Es preciso pues razonar por qué el día 20 de noviembre es señal de duelo nacional.”

Enseguida, Rivera recuenta la historia a partir de las lucha de clases. Explica cómo la gesta que encabezaron Hidalgo y Morelos se fue degenerando con Iturbide hasta caer en Santa Anna quien “casi desaparece a México como entidad nacional”. En palabras de Rivera “la velocidad acelerada de la caída produjo su contrapartida dialéctica, que fue despertar a las masas liberales y progresistas y su rápida ascensión con la pléyade brillante de Juárez y sus compañeros de la talla de Ignacio Altamirano y Ramírez, esta culminación parecía no sólo poner en primer plano el desarrollo social de México sino llevarlo a la vanguardia.” Expectativas frustradas para el pintor quien explica que luego de la necesaria llegada de la Revolución Socialista apareció un grupo “regresista de burgueses” que colocaron en el trono a don Porfirio Díaz. Para Rivera, “el periodo porfiriano, objetivamente redujo a las masas mexicanas a una servidumbre peor que la que había sufrido bajo Felipe II. El pueblo agonizaba de opresión y de dolor bajo este régimen. Por otra parte, la relativa ascensión industrial creo masas proletarias mismo textiles, [que] ferrocarrileros, agrícola industrial, con los trabajadores de la caña de azúcar, la fibra de henequén, los textiles de algodón y lino etc.” Sigue Rivera, “los siervos, llamados peones acasillados o artesanos obradores, en las ciudades entraron en contacto consigo mismos por el desarrollo mental que el útil trabajo transformador del mundo, la máquina de las fábricas comunicó a sus hermanos que habían dejado de ser peones y artesanos para convertirse en proletarios. Así se produjeron las huelgas de Cananea y Río Blanco; así se estableció el gran Partido Liberal de Flores Magón. (sic.)” De tal manera, a ojos del pintor, la lucha se levantó desde la conciencia de clase, la crítica y la sátira del régimen. Cuestionamientos que fueron sofocados por el poder. Tal es el caso de Lázaro Gutiérrez de Lara quien según Rivera es “el único autor de la teoría revolucionaria correcta para la Revolución Mexicana y de una historia de México realmente histórica. Por eso la contrarrevolución lo ahorcó a cabeza de silla, cabalgando sobre el fuste que enredó el lazo, Plutarco Elías Calles, representante típico del inmigrante levantino y tantos ladrones y asesinos que ha proporcionado a la Revolución Mexicana.”

Con esto, la persecución terminó por imponerse a la sublevación y la Revolución inacabada vendría a volverse duelo. Así: “Va por los dos millones de campesinos y obreros muertos por la gloriosa cuanto fracasada revolución [que] urge el pabellón a media asta en señal de luto. Esta es la verdad sin velos, que contra la mentira de discursos y monumentos deben asentar el día de hoy los mexicanos progresistas, revolucionarios y honrados.” Verdad sin velos para el muralista que hace de la conmemoración una crítica del mentado progreso y una reflexión por la actualidad y vigencia de los significados de la revolución. Lo que lo encamina a decir sobre lo inacabado del proceso como “una lucha que aunque sea desde la sombra o desde la clandestinidad, pero manifestando sus fuerzas por medio del foco luminoso, guía su marcha que ha intervenido desde 1910 hasta el día de hoy”. Así, el muralista, el mismo “nacionalista” que se ha usado en los 200 minutos de CONACULTA como un ilustrador de las conmemoraciones revolucionarias, nos advierte que el 20 de noviembre se vive como un quiebre temporal, un acontecimiento dramático, doloroso e inacabado, y por tanto, hoy en día fracasado. Su perspectiva, escrita hace más medio siglo, nos coloca, en el final de este 2010, en una posición donde podemos asomarnos a las ruinas de lo que somos como ente colectivo, y redimensionarnos justamente como un pathos revolucionario que más que festejar sobre los Bicentenarios y Centenarios nos obliga a reflexionar sobre las deudas sociales y las miles de vidas perdidas en busca de un mejor estado de cosas.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Los olvidados: los deseos del crimen en la niñez. El ojo médico del realismo.

Hace sesenta años, en México, se estrenaba la cinta de Luis Buñuel Los Olvidados. En ella se aborda un tema polémico: la violencia y el crimen entre menores. Todo el filme gira alrededor de un par de niños de la calle en el cual, Buñuel y su equipo, expresan un perfil de la sociedad mexicana ensombrecido por el cine de la Época de Oro. Los menores se encuentran atrapados en el abandono, abusando de vicios y buscando obtener los medios para sobrevivir a su suerte. Se dice que Buñuel eligió personalmente la trama, luego de que el productor de la película le advirtiera sobre la búsqueda de una historia dramática. Por esto es que al inicio del largometraje se advierte: “Esta película está basada en hechos de la vida real y sus personajes son auténticos”. Efecto que marcó la recepción y estudio de la obra desde entonces y hasta nuestros días.

El filme no gozó de buena fama. Por el contrario, fue recibido como un ataque a la sociedad, como una expresión morbosa de un extranjero que juzgaba sin sensibilidad. Por otro lado la pieza es calificada como realista, como resultado de un diagnóstico puntual y un estudio de los barrios pobres de la Ciudad de México. Se mira, así, como un espejo que tanto distorsiona las escenas de la vida de lo cotidiano como que les da potencia para poder decir su versión sobre la realidad.

Lo cierto es que Buñuel trabaja con especialistas. El español se asesora con médicos y psicopedagogos mexicanos que llevaban años estudiando el comportamiento de los infantes en clínicas y centros de prevención. Estos grupos de profesionales ponían a prueba sus estrategias de regeneración de los niños de la calle con trabajo de campo, realizado en las colonias populares de la ciudad. De la misma manera, Buñuel se acompaña de estos estudios intrigando en la narrativa sobre la trágica condición humana. La idea era lograr un retrato de la vida callejera en su parte más dolorosa: la de la niñez corrompida.

A lo largo de los años el filme se ha vuelto un clásico. Un testimonio que da cuentas, como puede, de las pesadillas de un México clavado en cierta neurosis de la modernidad: entre la ambición de prosperidad y el resquebrajamiento social de clases.

Era ese el México que supervivía a los discursos nacionalistas, en aras de mirarse moderno, mientras se reparaba, o eso pensaba, de los olores del folclor. Un país, el de hace sesenta años, que no quería ver el desgarre profundo de un mundo rural tasajeado por escenas urbanas de miseria e ignorancia. Es verdad, la sensibilidad, el gusto, el juicio no tenían categorías para ver una cinta como la de Buñuel y apreciarla como hoy podemos. ¿Cómo toleraron los amantes de Ismael Rodríguez y Pepe el toro que los simpáticos y dicharacheros pobres de siempre no le hicieran a la Cenicienta sino que explotaran ante el espectáculo en toda su ferocidad bajo la metáfora del niño matón? En fin, lo que la distancia nos pone en la cara cuando se vuelve la vista al filme de Buñuel es lo actual y lo acido de su ojo.

Hoy un niño de 14 años puede ser la cabeza de un comando de menores dedicados a matar. Nuestro realismo es ver videos de un grupo de jovencitos que le dan de palos a un hombre colgado, cual res en carnicería, como si fuera la última piñata de sus mocedades. Mirar a púberes que sonríen felices bañados de sadismo cada que acercan a la muerte a una persona, escuchar a un pobre escuincle que bajo su torpeza confiesa haber matado a cuatro, degollándolos, o saber que el asesino no teme por su castigo compone el imaginario del criminal que rebela las carencias, las miserias de la sociedad que somos. Nuestro Ponchis es el Jaibo de Buñuel. Nuestros niños sicarios son Los Olvidados de los cincuenta. Adolecentes perdidos desde su propia constitución psico-somática que los impele a la vida de excesos ya sea porque crecen en ambientes hostiles donde se cree que el crimen es la única vía de superación o porque tuvieron una infancia de abandono y el destino los llevo a las redes del narco. Como sea, en distintas oportunidades, el Ponchis ha sido exhibido en los medios como un monstruo, un fenómeno y hasta el Diablo cuando lo que más aterra es que estos pubertos, confundidos entre las virtudes y los vicios, deseosos de bienes materiales, éxitos efímeros y excesos de placeres habitan en todas partes, son parte de nuestra vida cotidiana y lo único que separa a uno de otro es la pura y llana educación. Y quizá, en nuestro país donde la educación se entiende como un inmenso acordeón que memorizar, sea este argumento lo que más fatídico se presenta del caso.

En el México de la primera mitad del veinte, se puso en marcha una política sobre la degeneración. Así lo que los especialistas catalogaban como un peligroso criminal en potencia, era canalizado a centros de atención donde eran diagnosticados y tratados según su constitución física. Esto lo retrata Buñuel en La Granja de Tlalpan donde llega Pedro, ahí se muestra solo una parte de la política sanitaria. En verdad estas prácticas llegaron al grado de medicalizar a los menores infractores bajo un esquema de terapia hormonal, que además consistió en ejercitar a los niños bajo un condicionamiento que diera cauce a sus energías desbordadas. Pronto estos regímenes fueron abandonados, los estudios fueron cada vez más dedicados a encontrar las causas económico-sociales de la criminalidad y las soluciones aplazadas hasta hallar la fórmula correcta del desarrollo social integral. Pero la lección sobre el estudio del perfil endócrino y psiquiátrico del criminal se quedó como un paradigma de la ciencia mexicana.

Nuestros tiempos exigen tomar a los menores infractores como metáfora, como lo hace el filme sexagenario, no solo de la inmensa descomposición social sino de la acción frente al apetito de poder que alimenta el imaginario sobre el criminal. Esto lo trabaja la trama de Buñuel: el origen del deseo. La cinta solo muestra la gestación de la libido y advierte sobre los derroteros de un hervor en exceso. Sin lugar a dudas que esto fue un tópico de la psicopedagogía de la época. En nuestro caso, aprender sobre las consecuencias de estos deseos nutridos por el éxito de una carrera criminal debería ocuparnos más allá que condenar con retórica a un sujeto cuya mejor fotografía es la de ser un espejo fiel de la bestialidad de la violencia de la lucha entre y contra el narco en México. Éste y otros adolecentes no son más que el producto de un lenguaje común y corriente que se alimenta de las imágenes que rodean al seductor mundo del desenfreno y el hedonismo criminal. Y mientras ese imaginario siga en ebullición el deseo precoz seguirá pervirtiendo a nuevos y cada vez más sádicos niños sicarios.