De la retórica del milenio y sus avatares

CMXCIX.

miércoles, 14 de julio de 2010

Filosofía entre sabanas: Ética para perversos o la búsqueda de la felicidad


Una vieja deuda con mi amiga Montse

“El escritor que trata un tema sexual corre siempre el peligro de que quienes opinan que esos temas no deben mencionarse lo acusen de desmedida obsesión por el asunto. Se piensa que no desafiaría la censura de los libertinos y mojigatos a menos que su interés por el asunto fuera totalmente desproporcionado a su importancia. Sin embargo, esta idea se aplica sólo a los que abogan por un camino de la ética convencional.”[1]

Hace 76 años el reconocido filósofo Bertrand Russell dictaba una serie de conferencias alrededor de los EU. En ellas, el premio Nóbel de 1950, se dedicó a plantear un problema que, al final de la década de los veinte, a nivel internacional se hallaba en plena discusión: La educación sexual. Por aquellos días de la depresión económica en los EU y el crecimiento militar de las potencias mundiales, los intelectuales declaraban sus posturas sobre el tema del crecimiento de la población y el mejoramiento de las razas. Es claro, entonces, que el pivote de tales reflexiones fuera sobre la puesta en marcha o no de una nueva moral sexual. Es decir, sin tapujos y en franca oposición a las doctrinas más conservadoras de la religión, surgen corrientes de pensamiento, autodenominadas científicas, propuestas a reconocer la ética que hasta entonces regulaba la conducta sexual de los seres humanos. En ese sentido, lo que muestra Russell en su discurso es una detenida reflexión acerca de nuestra manera de concebir al sexo como instinto conservador de la especie y, por otro lado, como expresión de un fuerte lazo sentimental entre dos personas.

A casi 80 años y en los albores de nuestra presuntuosa “libertad sexual” me parece que la búsqueda de tal ética sexual está aun inconclusa. En la actualidad nuestro trato con la sexualidad se ve reducido a ser un manual de formas de seducción y placer. Nos hallamos rodeados de lenguajes eróticos que saturan el ambiente en el que se desarrollan nuestros niños y encuentran su despertar sexual. Se piensa que entre más se le aproximen la información sobre anticonceptivos y enfermedades venéreas a los jóvenes más se educa sexualmente y más concientes son de tal expresión de sus instintos. ¿Es esto suficiente? ¿Es esta propaganda erótica consiste nuestra libertad sexual? Vivimos en un momento donde las relaciones tempranas y las ferias sexuales se adjudican tales principios de la expresión voluntaria de la sexualidad. Lo que tocaría, si en verdad queremos plantear una nueva y más adecuada libertad sexual, es reflexionar sobre los valores y responsabilidades de nuestra ética sexual. Si partimos de un análisis de la sexualidad que en realidad llevamos a la práctica ganaríamos la sinceridad suficiente como para tomar conciencia de que la conducta sexual del ser humano va mucho mas allá de una sarta de mojigaterías o un panfleto impregnado de publicidad erótica. Justo, toda nuestra supuesta libertad sexual culmina más en un proyecto de imposición que conserva en sus entrañas una vieja moral donde toda la fuerza y potencial del sexo se reduce a un cúmulo de imágenes y sonidos consagrados por la mera copula sexual. Finalmente al mirar con cuidado nuestras actitudes respecto al sexo nos topamos con aquello que Russell en 1929 logro ver: la confrontación entre la sexualidad como necesaria evacuación de deseo y la expresión de una de las más grandes afecciones del hombre.

Por ello, me resulta un experimento extraordinario el que Russell lleva acabo en su teoría sobre la sexualidad. Si resultara, como él cree, que el deseo sexual no es sino otra forma más del trato con los otros seres humanos, entonces nuestra actitud hacia él cambiaría de manera sustancial. O lo que es lo mismo, al desligar el sexo de la expresión del cariño y el respeto entre nuestra pareja, piensa Russell, el ser humano estaría en libertad de relacionarse sexualmente con toda aquella persona que despertara su interés sin censura moral alguna. A cualquiera le estremece semejante frase sobre la “libertad sexual”. Excepto, claro a aquellos en quienes su moralidad les permite tal deslinde entre la fidelidad sexual y la fidelidad emocional. Pues justo para Russell, lo que permite ese rompimiento entre sexo y amor es la educación sexual. Si desde niños se encausara por buenos rumbos el interés por nuestra sexualidad seríamos capaces de desenvolvernos con naturalidad en aquellos instintos y hallar en ellos una forma más de establecer vínculos afectivos entre distintas personas. No sólo eso, piensa Russell, que librar al matrimonio de la exclusividad sexual mediante la nueva educación, permitiría afianzar la verdadera relación amorosa entre los cónyuges pues al tener desahogos externos se revelaría un deseo particular, más íntimo y experimentado que desembocaría en una pasión única, más racional. Pues se le ha emancipado de la forzada monotonía.

Llegar a tal grado, significaría una revolución en la conducta humana. Según Russell, nuestra visión tradicional del matrimonio está cimentada en la moral cristiana puesto que pensar en que el matrimonio es la única vía para dar salida al interés sexual de forma menos pecaminosa, es castrar al instinto al grado de ver en el sexo sólo la propagación de la especie. La libertad sexual de la que él habla es justo lo inverso. Los niños deben practicar su sexualidad “la vida del niño no debería estar dominada por la culpa, la vergüenza y el temor. Los niños deberían ser felices; no deberían temer sus propios impulsos; no deberían esquivar la exploración de los hechos naturales. No deberían ocultar en la oscuridad toda su vida instintiva. No deberían sepultar en las profundidades de lo inconsciente impulsos que, por mucho que se esfuerce no podrán matar”

Solo así se formarán hombres y mujeres íntegros que consoliden sus familias no por un apetito sexual irrefrenable sino por la elección racional con la cual decidieron comenzar a crecer espiritualmente con su pareja. Por esta razón, cree Russell que debería haber matrimonios sencillos y divorcios rápidos para evitar la desgracia de una infelicidad eterna donde, a pesar de descubrir la falta de entendimiento e intensidad emocional, se tienen hijos que se tornan cargas y no consagraciones del amor y respeto mutuos. Si tener hijos es necesidad de los matrimonios estos, según Russell, deben ser lo mejor educados posible pues lo que busca el hombre con su nueva ética es mejorar las condiciones de vida de la especie no extenderla al modo cristiano o militar.

Es este uno de los puntos finos de la reflexión de Russell. El pone como única restricción de la libertad sexual el no concebir hijos fuera del matrimonio pues la familia es, aún, el único medio eficaz para la educación integral del niño.

Como puede verse, los supuestos de Bertrand Russell son controvertidos. Después de la publicación de algunas de estas conferencias Russell fue cesado de la Universidad donde impartía cátedra y perseguido por las fracciones más radicales de la comunidad cristiana. Se le acusó de promulgar el adulterio y defender la pecaminosa masturbación entre los niños.

Aunque en un porcentaje abrumador las críticas que le impugnaban a Russell eran infundadas, es cierto que Russell pone énfasis en puntos clave de la moral que serían capaces de desmoronar el sistema de la familia tal y como lo conocemos hasta nuestros días. Proponer la expresión desinhibida de la sexualidad es un proyecto que le vino a la medida al filósofo matemático pues éste se casó cuatro veces. Se explica así la marcada insistencia por los matrimonios sin compromiso por los cuales Russell y un buen grupo de intelectuales de la época abogaban. Fuera de esto, tales matrimonios, a pesar de la condición de no procrear hijos que Russell describe, resultarían en un inminente desgaste de los lazos familiares y las figuras paternas debido a la dureza con que las afecciones más violentas como los celos tendrían que sofocarse. A mí juicio, en este punto, Russell confiaba demasiado en la racionalidad de los acuerdos sexuales entre los hombres.

En fin, a 76 años, sendas condenas a tales teorías podrían seguir vigentes a pesar de autodenominarnos partidarios de la libertad sexual. En una sociedad donde las enfermedades venéreas y la violencia sexual conviven con la mercadotecnia y masificación del lenguaje erótico, sin duda las palabras de Russell resultan más que polémicas, actuales:

“Es verdad que la transición del viejo sistema al nuevo tiene, como todas las transiciones sus dificultades. A los que abogan a favor de cualquier innovación ética, invariablemente se los acusa, como a Sócrates, de corruptores de la juventud. Quien propone un cambio en la moral sexual está especialmente expuesto a ser mal interpretado y sé que yo mismo he dicho cosas que algunos lectores puedan haber interpretado mal.”[2]



[1] B, Russell, Matrimonio y moral. Buenos Aires, Ediciones siglo veinte,1973 p.199

[2] Ibidem, p 213

domingo, 11 de julio de 2010

El juego del hombre: El ritual de la virilidad o la crónica del sexo






Por fin, para fortuna de muchos y para desgracia de otros, hoy es la gran final del Mundial de Futbol Sudáfrica 2010. Después de varios meses de intensa actividad panbolera se llega hoy al último día del imperio futbolístico en los medios de comunicación. Luego de este fin de semana la mayoría de los hombres se desprenderán de la caja idiota que acompañaba sus jornadas laborales (ya que habrá otros que continúen con las televisiones en sus centros de trabajo para ver novelas, caricaturas o alguna receta de chile poblano) y con ello la cotidianidad vuelve a tomar su curso. Así, regresan a la calma los hogares, al esfumarse la masculinización exacerbada de los horarios nocturnos y los diferentes clubes de Tobi que todas las cadenas televisivas formaron entorno al evento. Para decirlo de una vez, los hombres vuelven a lo suyo pues el ritual de la virilidad se da por concluido.


Así es, todos los hombres del mundo contamos cada cuatro años de casi un mes de egolatría masculina gracias a la tremenda carga simbólica con que el afamado deporte del hombre cuenta. Y es que lo queramos o no todos nos vemos involucrados en dicha ritualización del género. Se trata de un lenguaje construido a través de los años que pone de manifiesto una afirmación constante de los iconos más reconocidos de la virilidad occidental .A estas alturas ya es imposible rendir cuentas de cómo y donde se generan estas metáforas de la masculinidad en el futbol pero toda la mercadotecnia y el pueblo coinciden en dejar claro que este es el juego del hombre. Futbol y hombría terminan siendo ejes de la cultura deportiva. Desde que el deporte comenzó a acaparar el ocio de los trabajadores de forma disciplinar en los albores del siglo pasado, se halló en tal conducta un perfecto pretexto para conducir los ratos de descanso laboral hacia un habito de reforzamiento de la mentalidad competitiva, la capacidad de organización colectiva y, de paso, la reafirmación de los caracteres sexuales que potencian la diferenciación de los géneros. Ya validado como actividad formativa entró por la puerta grande en los planes de estudio de la SEP durante los veinte. Fue así como se comenzó a subrayar la relevancia de los deportes como el béisbol, el voleibol y el futbol como especialidades para niños pues acentuaba el desarrollo pleno de su carácter sexual como agentes de acción social, aunque siempre se practicaran en ambos sexos. Lo que se comenzó a fraguar mediante la educación física de esta época fue la distinción de las actividades deportivas por género pues las niñas quedaban distanciadas de los deportes de conjunto conforme crecían, insistiendo los maestros en que ellas debían de jugar cosas que las llevaran a la práctica de los quehaceres domésticos y la crianza de los hijos.


Esto es la crónica del deporte viril en la educación básica. Ni hablar ya de cómo en la profesionalización del futbol la imagen de los equipos fue acentuándose bajo los apodos y mascotas que sentenciaban a esta práctica como el ejercicio de los hombres para los hombres. La prensa le entró a este ritual de iniciación en los clubes de hombría y abrió la brecha para la consagración de los jefes de estas castas como héroes cargados de esencias masculinas tal como los atletas del viejo y poco antes renovado espíritu olímpico: “los más altos, más fuertes y más rápidos”. Con esto, pensadores contemporáneos rescataban las añejas frases de Ortega y Gasset quien pudo ver en la incipiente práctica deportiva de su tiempo la comprobación de sus teorías sobre el origen del estado social como la transformación de las grandes castas de salvajes en civilizados clubes de jóvenes, cuya principal actividad era hacer deportes que emulaban los quehaceres del hombre. Así el sistema productor de metáforas viriles fue cuadrando con la necesidad de un sistema económico globalizado, y los países restringieron el campo del ritual masculino a la exclusividad del futbol. Con todo, hombría, virilidad y carácter se transformaron en el rasgo principal que las potencias pedían a los equipos novatos en el mundial del futbol. De tal suerte, desde entonces, equipo que no llega lejos en la justa es un equipo que le falta carácter, agallas o, en mexicano, “huevos”.


Vemos, pues, como ya pasados los años esto sigue siendo uso del discurso. Digo, seguimos escuchando el reclamo de toda la banda futbolera de cada país eliminado de que no ganaron por que les falta carácter a sus muchachos. Y por carácter entiéndase hombría…” Se achican” dicen los expertos sentaditos en sus mesas de debate. Con esto, se provoca la frustración del espectador promedio que devorado por este lenguaje de virilidad termina cuestionándose cómo un país de puros machos como México nunca se pasa de octavos y en otros equipos donde los metro sexuales se multiplican, se pelean el depilador de cejas, se peinan entre cada jugada y posan en calzones cual flor más bella del ejido terminan disputándose la copa de mundo. No, no nos hagamos, este ritual de machos, este juego del hombre tiene sus deficiencias y muestra que toda esta palabrería sexista se queda sólo ahí, en las crónicas y opiniones de la mera costumbre. Leía apenas un bello y divertido texto de Monsiváis que como en casi toda su obra se torna crítico e irónico con estas sentencias de machos. Viene muy a cuento con este tema pues el recientemente finado Carlitos transcribe una entrevista a un psiquiatra que califica al futbol en términos sexuales:

-¿Cuál es la simbología del futbol?

-Platicaba con unos amigos médicos al respecto. Creemos que la mujer es la pelota, que puede mover por donde se le quiere ¿verdad?, se revela y de ahí que haya tiros fuera del marco. El portero es muy espectacular, con marcada tendencia homosexual. El gol es la mujer que se logra anidar en la red ( el útero) custodiado por la mamá (el portero)…El gambetero es, quizás, el más masculino de todo el futbol. Pasa a la mujer frente a l a rival: “tómala, es tuya, pero antes tienes que quitármela”.

Quizás luego de leer esto entandamos el impacto que llegan a tener en este lenguaje dos cosas:

  1. Alguien falla un penal cuando tiene problemas de erección o es eyaculador precoz
  2. La culpa del escaso espectáculo y falta de goles en este mundial se la debemos a que muy pocas selecciones consideraron la abstinencia sexual antes de cada juego.

Con esta me despido para volver a preguntar si después de esto considerar un espectáculo donde una multitud mayoritariamente masculina observa a 23 hombres en calzoncillos retorcerse en el césped dos horas es en verdad el juego del hombre que tan virilmente recuerdan los cronistas de la televisión.